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Arquitecto establecido en Egipto y activo en este país de 1928 a 1989. Inicialmente tiene una formación de ingeniero agrónomo. Entra en 1920 en la Escuela Politécnica de El Cairo donde obtiene en 1926 el título de arquitecto. Después de su primer empleo en el seno de la administración de los municipios (1926-30) obtiene un puesto de profesor en la Escuela de Bellas Artes de El Cairo, puesto que ocupa hasta 1946.


 Fathy remarca en su planteamiento arquitectónico, los problemas ligados a la importación de tecnologías extranjeras y la imposición de las mismas, en un territorio en el que dichas técnicas son ajenas, especialmente en el campo de la vivienda. Lo que se concebía en Europa como modelos de bajo coste, podían ser inadecuados cuando se construían en otro sitio. En Egipto por ejemplo, el filósofo /arquitecto Hassan Fathy, descubrió que los conjuntos de viviendas con estructura de hormigón construidos por el gobierno en la década de 1950, tenían tendencia a ser más caros en cuanto a dinero, costes de transporte y salarios que los métodos locales tradicionales de autoconstrucción, estando además en desacuerdo con los modos de vida no occidentales. En su libro Architecture for the Poor, an Experiment in Rural Egypt (1973), resumía su postura crítica de las tres décadas anteriores, indicando que los métodos de constructivos de mano de obra intensiva y que usaban los materiales locales eran la respuesta evidente.


 Fathy expresaba sucintamente su escepticismo sobre la arquitectura moderna.La modernidad no significa necesariamente vitalidad, y el cambio no siempre es a mejor… La tradición no está necesariamente pasada de moda y no es sinónimo de estancamiento….”. La crítica de Fathy a la industrialización y a las reformas que la acompañan, iba, pues a lo básico. El arquitecto simplemente rehusaba aceptar los mitos del progreso y afirmaba que en la mayoría de las circunstancias del Tercer Mundo, los campesinos podía construir para sí mismos mejor que cualquier arquitecto; argumentaba que cada familia individual debía construir para satisfacer sus propias necesidades, empleando para ello la sabiduría de la tradición en vez de los caros caprichos profesionales. Esto sonaba bastante convincente hasta que se plantearon los problemas de las grandes cantidades de gente pobre que vivía en las ciudades. No sólo la tierra se convertía en un bien valioso que debía reservarse a fines agrícolas, sino que las densidades crecientes de población en ciudades como Elcairo, requerían nuevas soluciones que usasen materiales como el hormigón y el ladrillo industrial. No cabe duda de que la idealización romántica que hacía Fathy de los campesinos formaba parte de una búsqueda ideológica más amplia de las raíces nacionales.


 Pero había lugares en el mundo que estaban más alejados de las llamadas “normas” de la civilización industrial, que eran más introvertidos, y cuya vida social y económica se apoyaba más en la base rural; en estos casos, era probable que la continuidad con las tradiciones vernáculas locales fuese más fuerte. Esta era precisamente la clase de “integridad” que Fathy admiraba y que había intentado (sin mucho éxito) oponer a las fuerzas de la rápida modernización en Egipto.

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