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Las Bodegas Ysios proyectadas por el afamado arquitecto e ingeniero valenciano Santiago Calatrava, fueron inauguradas en el año 2001. En diciembre de 1998 se llega a un acuerdo de programa, para realizar una bodega con capacidad para un millón de kilos de uva, con 32 depósitos de 35.000 litros cada uno. Dicha bodega dispondría en un principio de una zona para 4.000 barricas que permitiría el almacenaje de 1.350.000 botellas en crianza. Las instalaciones deberían contar con sala de catas, un gran salón para recepciones y banquetes en la planta superior, una tienda y una sala multifuncional.  


La obra está íntimamente unida a un momento constructivo, en el que la imagen mediática de la arquitectura prima como motor de promoción y venta del producto. Ysios (adaptación libre de la deidad egipcia Isis), bajo el eslogan “Verus ars vinum”, quiere elevar la elaboración del vino a la categoría de arte a través de tres proyectos, que engloban a la vez tres interesantes edificaciones para tres prometedores vinos. Uno de ellos es Tarsus, el buque insignia de la empresa, un auténtico Château en mitad de los viñedos de denominación Ribera del Duero. El otro son las bodegas de Viña Salentia en el Valle chileno de Colchagua, siendo la tercera parte del proyecto las bodegas Ysios de Laguardia que seguidamente vamos a comentar.


El edificio está situado en el término municipal de Laguardia, en un espacio llano rodeado de viñedos, que hace de transición entre el elevado núcleo urbano medieval de la localidad alavesa y la Sierra Cantabria que sirve de telón de fondo.


A simple vista Calatrava ha optado por la forma ondulada de concepto absolutamente escultórico. Siendo quizás “la menos Calatrava de sus obras”, pues en ella no hay referencias a la arquitectura de estructuras orgánicas a la que nos tiene acostumbrados. Distanciándose de las mismas, intenta unir modernidad en el diseño y utilidad de cara a la producción vitivinícola.


El edificio se encuentra en una amplia parcela de aproximadamente 72.061 metros cuadrados de los cuales 38.909 corresponden a viñedos, ocupa en planta 8.000 metros cuadrados, en base a un eje longitudinal que muestra la relevancia que adquiere el proceso de producción en el proyecto. Este eje longitudinal de 196 metros, es abrazado por dos muros de carga ondulados de hormigón armado, distanciados en 26 metros y que componen una forma sinusoidal tanto en planta como en alzados. La distancia entre los muros, se salva mediante vigas de madera laminada de gran canto que componen una cubierta espléndida en la que Calatrava, hace un guiño a la obra de uno de sus maestros Antonio Gaudí.


Mientras que los muros portantes de hormigón se revisten exteriormente en su fachada principal de lamas de madera laminada cuperizada, las vigas acomodadas en distintos planos que componen la cubierta, se visten de aluminio, creando un contraste visual entre la calidez de un material orgánico como es la madera, y la frialdad del aluminio. La incidencia de la luz solar sobre ella, parece dotarla de un suave movimiento cóncavo convexo. Lo interesante es que esta cubierta no se plantea sólo como una cubrición, sino como parte sustancial en la fachada del edificio. Este paraboloide hiperbólico, superficie de arcos ondulados que se compone con elementos rectos, desea tener un fuerte efecto plástico sobre todo el conjunto, expresándose también en la fachada.


El uso de esta cubierta, permite que el interior del edificio sea un espacio completamente diáfano en el que prima el proceso de elaboración del vino. Este proceso, comienza en uno de los extremos de la bodega, donde se encuentran las cubas en las que fermenta el caldo, y posteriormente es trasladado al otro extremo donde se almacena en barricas de roble hasta su salida rumbo al mercado.


En el centro del edificio encontramos una especie de salón para invitados, cuyo espectacular mirador contempla en el horizonte la villa de Laguardia. Desde el mismo nace al exterior un eje perpendicular al longitudinal, que crea una especie de sendero en el centro. Se forma así un de jardín de viñedos que nos recuerdan el sentido de este edificio. Se trata de un templo para el vino, una especie de ola que nada entre un mar de viñedos. 


Las paredes exteriores quieren evocar las formas características de los toneles de vino, para ello se realizan unas diminutas piscinas, que actúan como lámina de agua en la fachada principal, con la idea de desmaterializar el volumen edificatorio, reflejándose los aparentes toneles en dichos estanques. Este hecho puede ser uno de los debes que achacar al proyecto, ya que se trata de algo demasiado complejo desde cualquier perspectiva de la que divisemos la bodega.


El otro debe que podríamos rescatar, corresponde al acabado posterior de la fachada, ya que este muro de carga se deja en hormigón visto y no disfruta de la magnificencia obtenida en el resto del proyecto a pesar de su simpleza.  


Pese a estos pequeños detalles, las Bodegas Ysios han sabido adaptarse de manos de Calatrava a las complejas circunstancias que exigía un proyecto tan ambicioso. Sus 8.000 metros cuadrados de construcción, no pasan desapercibidos en un paisaje como el de Laguardia, formando entre los vinedos un hito paisajístico, de complicada y forzada integración en el contexto.

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