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Notre Dame de Haut en Ronchamp

  • 1950 - 1955
  •  
  • LE CORBUSIER, Charles-Édouard Jeanneret
  •  
  • Ronchamp
  • Francia
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La evolución plástica de Romchamp que deja pasmados a los seguidores y discípulos, coincide con en encuentro entre Le Corbusier y la arquitectura sacra.  Sus programas le dan en la posguerra el pretexto para meditar sobre el espacio habitado por el hombre entre el cielo y la tierra.  En la colina de Bourlemont, última estribación de los Vosgos que culmina a 500 m. de altitud, recibe el encargo de reconstruir la iglesia de Notre-Dame-du- Hout, un lugar de peregrinación de larga historia y destruido durante los bombardeos de la guerra.  A pesar de su desconfianza casi genética hacia la iglesia católica, responde a las solucitudes de los animadores del movimiento del Arte sacro y defiende la introducción de la arquitectura y pintura modernas en los edificios religiosos. Los padres Couturier y Régamey, así como los seglares François Mathey y Maurice Jardot, conseguirán convencieele para que diseña este proyecto.


Ya en su primera visita en 1950, le seduce el lugar, que recuerda los pivos del Jura que descubrión don L´Eplattenier 40 años antes. Aprovecha la oportunidad para "Unir a los hombres con el cosmos", a la imagen de los observatorios indios, que conoce en esa época. Por lo tanto, su proyecto resulta eminentemente específico para ese lugar. Se impregna de su historia con la lectura de un libro escrito sobre la iglesia por el canónico Belot y se propone expresar "una palabra dirigida al lugar", una especie de "respuesta a los horizontes". El paraje, estimulante esencial, no es el único generador del proyecto. La idea central gira en torno al descubrimiento en la playa de Long Island del caparazón vacio de un cangrejo, parecido a aquellos que pintó en sus cuadros de los años treinta. Apoyada en cuatro gruesos muros, la concha servirá de modelo para la cubierta de la capilla. 


A partir de este idea inicial, sucesivas maquetas de alambre y madera permiten concentrar el proyecto en 1952 y llevar la obra a cabo en 1954. La cáscara de la cubierta se construye como el ala de un avión, con un par de membranas yuxtapuestas; los muros, independientes y separados de la cubierta por una pequeña endidura, resultan de un ensamble de láminas y pilares de hormigón que conforman la estructura portante donde se fijan los revestimientos interiores y exteriores. El muro orientado al Sur resulta más grueso y perfilado que los demás y el pilar de carga del Este, inicialmente delgado hasta tal punto que parecía una "estaca", se convierte en el transcurso del estudio en el homólogo de una capilla de alveolos. Los suelos y  los altares eplean la piedra. La planta de la capilla, cada vez más asimétrica a medida que avanza el proyecto, se define, tanto por dentro como por fuera, por la distribución de los altares. Se coloca una estatua pollicromada de la Virgen del siglo XVII, únivo vestigio de la antigua iglesia destruida, de tal manera que puedan verlaa tanto los peregrinos que visitan el edificio como los feligreses que asisten a los oficios religiosos. 


Otras imágenes de gran eclecticismo, además del caparazón de cangrejo, alimentan la imaginación de Le Corbusier. Imágenes modernas, como las gárgolas "en salto de esquí" que sobresalen de la cubierta, copiadas de las presas hidroelécticas, y también imágenes extraidas de su memoria más antigua. Las pinceladas de luz que caen sobre las capillaas laterales recuerdan el "Serapeum" de la Villa de Adeiano, dibujado por Jeanneret en 1911. Lo describe como "un agujero de misterio" donde había "descubierto un truco". El sorprendente parteluz en el muro sur,  con unos vanos que proyectan una claridad modulada por el color, recuerda las paredes de las mezquitas de Sidi Brajom en El Atteuf, descubierta durante su viaje a la pentápolis argenila de M´zab en 1931. Por fin, los campanarios en forma de periscopios evocan las estelas fúnebres de Esquía. 


El juego de materia y luz escenificado en Ronchamp rompe con la obsesión de los años veinte por las superficies lisas y la claridad homogénea. La luz y la sombra se convierten ahora en herramientas para esculpir el espacio. Y la fachada, que tenía por única virtud la "libertad", permite ahora, gracias al grosor del muro, el uso de esas herramientas. Bajo es dramática iluminación, el hormigón blanco y granoso de los muros y el de la cubierta, bruto de desencofrado, sustituyen el revestimiento homogéneoy casi abstracto de las casas de inspiración maquinista con el testimonio del trabajo del hombre. Le Corbusier poedirá en vano a Edgar Varese en 1954 que le componga una música adecuada para este lugar.


Jean-Louis COHEN

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