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Museo de Ciencias Naturales de la Universidad de Oxford

  • 1855 - 1860
  •  
  • WOODWARD, Benjamin
  •  
  • Oxford (Inglaterra)
  • Reino Unido
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La frase de Giedon de que el siglo XIX se debatía entre la cultura “verdadera” de la integridad estructural y la “falsa” de los esquemas agonizantes de la representación arquitectónica,no era más que una exageración, pues arquitectos tan diferentes en sus creencias como Henri Labrouste (Biblioteca de Santa Genoveva) y Thomas Deane y Benjamin Woordward (Museo de Oxford) habían recurrido eficaz y deliberadamente a las estructuras con esqueleto de hierro en el interior de sus construcciones, con unos excelentes resultados. Sus obras cuidadosamente concebidas en la que la yuxtaposición y el contraste de las esbeltas piezas metálicas y los muros articulados de fábrica, eran aspectos esenciales y complementarios de la idea arquitectónica.


 Este museo aplicaba un atrevido contraste entre el ornamento gótico inspirado en Ruskin, las asociaciones geológicas y una esbelta cubierta de metal y vidrio que ilumimaba los especímenes naturales del patio central. Cualquiera que fuese la genealogía medieval del proyecto en su conjunto, el hierro se había forjado para adaptarse a una visión racionalista del gótico, e incluso para hacerse eco de los esqueletos de las criaturas expuestas. La combinación de lo “natural”, lo tradicional y lo mecánico era esencial para la interpretación institucional, y se añadía a la riqueza material y metafórica del resultado.


El caparazón de piedra y ladrillo con una retícula o entramado metálico colocado en su interior, fue un tipo estructural recurrente y básico a lo largo de todo el siglo XIX e incluso en los inicios del siglo XX. El hecho de que varios distinguidos ingenieros consiguiesen poner de manifiesto las calidades intrínsecas del hierro y el acero en sus proyectos para torres y puentes, no provocó automáticamente que este tipo de arquitectura quedase obsoleta.


 Lo que realmente cambió fue la naturaleza de las relaciones entre la carga y el soporte, el cerramiento y la estructura, en especial cuando se fue haciendo necesaria levantar edificios mucho más altos, como los rascacielos, hacia finales del siglo XIX. Y es que en tales circunstancias, la construcción de fábrica solo podía elevarse hasta que se convertiría en un estorbo nada práctico, y por eso el hierro y el acero se fueron haciendo cada vez más del verdadero trabajo. Paulatinamente el esqueleto fue haciendo sentir su presencia en la forma general, en la composición de la fachada y en los esfuerzos tectónicos del edificio; pero no de manera directa, pues solía estar revestido con capas protectoras de ladrillo, piedra o terracota, que servía de protección contra el fuego, aislamiento y ornamento. El verdadero entramado estructural se ponía de manifiesto como una especie de armazón visual que el que la interacción entre los pilares, los antepechos, las molduras, las laminas de vidrio, los dinteles y los arcos ofrecían una nueva estética.

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