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Torre Eiffel

  • 1887 - 1889
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  • EIFFEL, Gustave
  •  
  • París
  • Francia
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BENEVOLO L., Historia de la Arquitectura Moderna. 


Págs.. 125-149.“Ingeniería y arquitectura en la segunda mitad del siglo XIX” .


En cambio, la segunda célebre realización de la Exposición universal de 1889 sigue en pie: la torre de 300 metros de altura construida por Eiffel.


Eiffel encarga el proyecto, en 1884, a dos ingenieros empleados en su empresa, Nouguier y Koechlin, y recuerda que <>. La parte arquitectónica se debe al arquitecto Sauvestre. El proyecto fue nuevamente elaborado en los años siguientes, y las obras empezaron a principios de 1887.


El perfil de la torre está calculado de manera que pueda resistir la acción del viento, y Eiffel se compromete a que las formas fijadas por los cálculos confieran a las costillas un perfil agradable:


 “El primer principio de la estética arquitectónica prescribe que las líneas esenciales de un monumento se adopten perfectamente a su finalidad. ¿Y cuáles son las leyes que tuve en cuenta en la torre? La resistencia al viento. Pues bien, yo sostengo que las curvas de las cuatro costillas, tal como las ha expresado el cálculo… darán una gran impresión de fuerza y de belleza,, puesto que ofrecen a la vista la audacia de la concepción del conjunto, mientras que los numerosos huecos obtenidos en ellas mismas harán resaltar enérgicamente el constante cuidado por no ofrecer a la violencia de los huracanes superficies peligrosas para la estabilidad del edificio”.


Sabido es que un grupo de artistas y escritores protesta públicamente por la construcción en hierro de Latorre con una carta abierta a Alphand, comisario de la Exposición.


“Nosotros, escritores, pintores, escultores, arquitectos, apasionados amantes de la belleza de París, hasta ahora intacta, protestamos enérgicamente en nombre del gusto francés, con el cual no se ha contado, contra la erección, en pleno corazón de nuestra capital, de la inútil y monstruosa Torre Eiffel, que el público maligno, inspirado a menudo por el sentido común y el espíritu de justicia, ha bautizado ya con el nombre de Torre de Babel. ¿Seguirá asociándose la ciudad de París a la imaginación barroca y mercantil de una construcción (o de un constructor) de máquinas, para ensuciarse irremediablemente y deshonrarse? Porque la Torre Eiffel, que no desearía para sí ni siquiera la comercial América, es la deshonra de París, no lo dudéis. Es necesario para poderse dar cuenta de lo que se nos prepara, figurarse por un instante una torre vertiginosa y ridícula que domine París, como una gigantesca y oscura chimenea de fábrica; todos nuestros monumentos humillados, todas nuestras arquitecturas disminuidas hasta desaparecer en este sueño estupefaciente. Y, durante veinte años, veremos prolongarse como una mancha de tinta la odiosa sombra de la odiosa columna de hierro remachado. A usted, señor y querido compatriota, a usted, que ama tanto París que la ha embellecido, pertenece el honor de defenderla una vez más. Y si nuestro grito de alarma no es oído, si nuestros razonamientos no son escuchados, si París continúa con la idea de deshonrar París, usted y nosotros, por lo menos, habremos hecho oír una protesta honrada.”


Entre los firmantes están Meissonnier, Gounod, Garnier, Sardou, Bonnat, Coppée, Leconte de Lisle, Sully-Prudhomme, Maupassant, Zola.


 Muchos técnicos sostienen que la torre está condenada a caer, por hundimiento de las estructuras o de los cimientos. Los propietarios de las casas cercanas intentan incluso un proceso reclamando daños y perjuicios, porque el peligro les impide alquilar sus casas.


Cuando se acaba la torre, el 15 de abril de 1889, muchas reacciones contratarías se vuelven favorables; si la prensa refleja en general las ideas de los lectores, debemos entonces pensar que la opinión pública, en su conjunto, es favorable. He aquí algunos juicios:


Ante el hecho -¡y qué hecho!- cumplido, debemos inclinarnos. Yo también, como muchos otros, he dicho y he creído que la torre Eiffel era una locura, pero es, sin embargo, una locura grande y orgullosa. Esta masa inmensa aplasta, ciertamente, el resto de la Exposición y , cuando se llega desde el Champ de Mars, las gigantescas cúpulas y galerías nos parecen muy pequeñas. Pero ¿qué queréis? La Torre Eiffel se impone a la imaginación, tiene algo inesperado, de fantástico, que deleita nuestra pequeñez. Cuando apenas se habían empezado las obras, los más célebres artistas y escritores, desde Meissonnier hasta Zola, firmaron un vehemente protesta contra la torre, como si se tratara de un delirio contra el arte; ¿la firmarían ahora? Seguro que no, y probablemente querrían que ese documento de su cólera no existiera. En cuanto a las masas populares, en cuanto a la buena burguesía, su sentimiento se puede resumir en una frase que he oído de boca de un buen hombre, después de haberse quedado, durante cinco minutos, con la boca abierta, frente a la torre: Enfoncée l’Europe!


“Bien plantada sobre sus piernas arqueadas, sólida, enorme, monstruosa, brutal, se diría que, despreciando silbidos y aplausos, trata de buscar y desafiar al cielo, sin importarle lo que se mueva a sus pies.”


 “La Torre Eiffel me hace pensar que los monumentos de hierro no son monumentos humanos, es decir, monumentos de la vieja humanidad que ha conocido sólo la madera y la piedra como medios de construcción de sus refugios. Además, en los monumentos de hierro, las superficies planas son espantosas; véase la primera plataforma de la torre Eiffel, con esa hilera de dobles garitas: no se puede soñar nada más feo para la vista de un viejo civilizado”


El juicio de los contemporáneos está dominado por la impresión de novedad; el nuestro es muy distinto y debe, al contrario, liberarse antes de la costumbre, que nos ha hecho demasiado familiar la imagen de la torre.


 La obra en sí es dudosa e incompleta, no sólo por las superestructuras decorativas, eliminadas, parcialmente, en 1937, sino también por la discontinuidad del trazado general. Sin embargo, resulta muy importante el papel que la torre ha alcanzado en el paisaje parisiense, y nos induce a valorar otro tipo de característica, donde está probablemente la mayor importancia de la obra.


Contestando a la carta de los artistas, el ministro Lockroy, sostenía, en 1887, que la torre modificaría solamente el insignificante paisaje de Champ de Mars, pero se equivocaba. La altura excepcional y la línea ininterrumpida de la aguja entre la segunda y la tercera plataforma, hace posible que la torre se vea desde casi todos los barrios de París, entrando por lo tanto en relación, no ya con un ambiente bien definido que obedece a una perspectiva unitaria –como es el caso para los edificios antiguos-, sino con una ciudad entera y de manera siempre variable. Sus dimensiones inusitadas, al igual que en la Galerie des machines, hacen cambiar el significado de la arquitectura y le confieren una calidad dinámica que nos obliga a considerarla bajo un nuevo punto de vista, aunque el proyecto en sí respete las reglas tradicionales de la perspectiva.


 Eiffel, con la realización de la torre, concluye también su actividad en el campo de la construcción de edificios. En la Exposición de 1899 existe un pavillon Eiffel, donde el célebre ingeniero presenta una especie de exposición personal, destaca su maqueta del viaducto de Garabit, realizando entre 1880 y 1884. En 1887, Eiffel recibe el encargo del canal de Panamá, al que dedica todos sus esfuerzos hasta 1893; después de 1900 se dedica a investigaciones aerodinámicas, utilizando la propia torre y, luego, un laboratorio construido a propósito, donde trabaja hasta 1920.


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MONTANER, J,M., La Modernidad superada. Arquitectura, arte y pensamiento del siglo XX. Edit. Gustavo Gili. Barcelona, 1997.


págs.59-88. “ El racionalismo como método de proyectación: progreso y crisis” 


Esta época de transformación tecnológica radical, con antecedentes a mediados del siglo XVIII, empieza a tomar cuerpo a partir de 1850 y consigue la mayor precisión técnica entre 1900 y 1930. La tecnología del hierro, que ya se había manifestado incipientemente en obras pioneras como el puente de Ironbridge (1750), realizado en hierro colado, llega a momentos clave a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, utilizando el hierro laminado en ejemplos paradigmáticos como el palacio de Cristal de Londres (1851), una estructura que configura una fachada transparente que deja entrar el máximo de luz, o la torre Eiffel en París (1889), una estructura ligera que alcanza la mayor altura y representatividad.


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MONTANER Josep Maria.,  La modernidad superada. Arquitectura, arte y pensamiento del siglo XX . Gustavo Gili. Barcelona, 2002.


págs.115-140. “Tipo y estructura. Eclosión y crisis del concepto de tipología arquitectónica”


Toda la historiografía del Movimiento Moderno se basa en el establecimiento de genealogías y series de obras modélicas, de tipos ideales que van jalonando la aventura pionera y épica de la arquitectura moderna: el palacio de Cristal, la torre Eiffel, la fábrica Fagus, la fábrica Van Nelle. El mismo Sigfried Giedion basa todos sus escritos en la búsqueda de modelos ideales. De esta manera la Ópera de Sydney de Jorn Utzon es propuesta a finales de los años cincuenta como emblema de la "tercera generación" y de la tercera edad del espacio. En este período las últimas obras de Le Corbusier-la capilla de Ronchamp, el convento de la Tourette y el Capitolio en Chandigarh- también se convirtieron en nuevos tipos ideales.


Posiblemente, este artificio historiográfico utilizado por la crítica y la teoría arquitectónica del movimiento moderno, desde Edoardo Persico a Giedion, desde el Esprit Nouveau de Le Corbusier hasta AC. Documentos de Actividad Contemporánea del GATEPAC, haya perdido validez. Las crisis que se han evidenciado en las últimas décadas, con el hundimiento de los modelos ideales de sociedad y con el reconocimiento del pluralismo, el relativismo y un multiculturalismo abierto, se ha ido diluyendo el potencial instrumental del concepto de tipo-ideal y su validez universal.

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