Inprimatu

El gran arquitecto Luis Barragán, a los 80 años de edad, y después de casi 10 años de inactividad, realizó su última obra solicitada por Francisco Giraldi. Su petición fue la realización del proyecto de su casa en la Ciudad de México. Una obra que refleja la influencia de la cultura mexicana y de los pintores Diego Rivera y Frida Kahlo. Lo más interesante y por lo que se sintió profundamente atraído Barragán, era el desafío del enorme árbol de Jacarandá que se debía mantener, y la piscina solicitada por el dueño como parte del programa.


Implantada en un estrecho y alargado solar, de aproximados 10x36 metros, entre tres muros medianeros y apenas un lado abierto a la calle, la casa se descompone en dos bloques, delantero y trasero, que ocupan todo el ancho del solar y se conectan  lateralmente por un largo corredor, configurando entre ellos el recinto cuadrado que abriga el árbol preexistente.


El bloque delantero constituido por el volumen rosa que da a la calle, se distribuye en tres plantas: en la primera se ubican la entrada, el garaje y zonas de servicio; en la segunda la sala de estar y un dormitorio; y, en la tercera, dos dormitorios. A su parte posterior se anexa el cuerpo de la cocina que, a un lado se conecta con el corredor, y a otro conforma uno de los límites del patio de servicio, al cual se vierten las dependencias de esta zona. El bloque trasero, de una sola planta, configura el área de la piscina y asume la función de salón comedor.


En esta obra Barragán plasma todo un bagaje de conceptos, dialogando a su vez con el entrono.  Los colores, las texturas, los elementos compositivos están a medio camino entre la modernidad, la tradición y la  identidad mexicana, teniendo un leve impacto urbano y un carácter introvertido propio de la arquitectura de Barragán. Con pocas referencias del mundo exterior, la casa exhibe en su interior atractivos para ser disfrutados en la vivienda, afirmando su carácter introspectivo.


La disposición en planta descubre los espacios a través de filtros de luz y silencio. La organización en la planta baja se van descubriendo poco a poco a medida que vas transitando por la misma, observándose texturas, materiales y colores de fuerte contraste que hacen especialmente atractivo el paseo interno, destacando especialmente la piscina – sala de estar – comedor, que se convierte en un lugar destacado de la casa, conformando un espacio mágico donde el suelo se interrumpe en un silencioso paso entre lo sólido y lo líquido, complementando con unos fuertes colores transfomados por la luz natural a lo largo del día.


El árbol tiene su espacio reservado, pero no actúa como protagonista, sino que es un complemento del conjunto que encuentra su escenario en el vacío del solar. La casa está construida íntegramente en ladrillo, recubierto en la totalidad exterior por un acabado de estuco texturizado que es típico de la mano de obra mexicana. Los interiores pintados de color, presentan una textura mucho más lisa de modo que la luz se adueñe del lugar sin producir sombras por la rugosidad.


Se trata de una “arquitectura emocional” que aviva los sentidos, encumbrando la sensibilidad de la que hace muestra el arquitecto.


Deysi Johana ALVAREZ CHACÓN

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