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CENICACELAYA, J. RUIZ DE AEL, M., SALOÑA, I.,


El gusto neoclásico. Arquitectura del País Vasco y Navarra


Edit. Nerea. San Sebastián, 2014.


Págs.59-65. "El inicio de este proyecto en 1798 coincide cronológicamente con el final de la Revolución francesa y el comienzo, un año más tarde, de la época napoleónica. Su fábrica refleja a la perfección los principios de la nueva arquitectura revolucionaria, propuesta por arquitectos como Ledoux, Boullée y Lequeu: arquitectura geométrica simple, megalomanía, contrastes entre luces y sombras, autonomía y desornamentación. Su prolongada ejecución a lo largo del tiempo (1789-1843) coincidió con una etapa histórica complicada y llena de dificultades que acabó retrasando la construcción casi hasta el epílogo del estilo neoclásico que le da carácter. Numerosos escritos subrayan la singularidad de esta obra y su aspecto de vanguardia no sólo en el País Vasco, sino en todo el Estado. Parece ser que, una vez más, la nobleza ilustrada tuvo mucho que ver con el novedoso proyecto, realizando una acción de riesgo en los gustos hasta entonces imperantes. La operación de prestigio que pretendía la corporación municipal para la nueva edificación estaba marcada por el carácter monumental y utilitario, de uso religioso, convirtiéndose al mismo tiempo en elemento de ordenación urbana, y todo ello articulado a través de un lenguaje clásico y austero, de «desertización arquitectónica ». Las iglesias proyectadas por Silvestre Pérez para Bermeo y, años más tarde, para Mugardos (A Coruña), o las llevadas a cabo dentro de nuestro contexto en Ajangiz, Aramaio, Nabarniz o Iurreta y realizadas por otros autores, son pruebas evidentes de la entrada de una nueva moda de radicalismo arquitectónico.


En Mutriku, el joven Silvestre Pérez logra con este novedoso proyecto una de sus obras más destacadas. Su inicial diseño, datado en 1798, fue aprobado por la Academia de San Fernando en 1799, y las obras dieron comienzo en 1803. A su dirección se encontraron los arquitectos Manuel Vicente de Laca y Mariano José de Lascurain. Lo primero que llama la atención de este templo es su posición predominante en el pueblo y el sentido urbano de la edificación. La nueva construcción, convertida en foco de referencia, destaca por su monumentalidad. Se trata de un edificio exento, autónomo, encajado dentro del núcleo urbano preexistente, que pasa a significarse en el entorno como referencia visual y transformación de la villa. La iglesia, colocada en pendiente y emplazada en un sitio elevado, evocaba con sus formas clásicas el conocido ejemplo de la Acrópolis. Pero el proyecto no va a constituir simplemente una acción de escenografía y embellecimiento propia del pasado mundo barroco, sino que, en su radicalismo geométrico, rotundidad volumétrica y abstracción compositiva, muestra una autonomía y un carácter diferenciador. Estos aspectos quedan reforzados por la planta, el alzado y la independiente disposición de los distintos elementos de la iglesia.


Se trataba de realizar un templo sagrado de culto cristiano bajo las formas y el espíritu evocador del nuevo clasicismo racional de «noble simplicidad y serena grandeza». Así visto, la iglesia se nos presenta sobre un podio. A él se accede mediante una escalinata que lleva a un pórtico con la fachada de un exento templo exástilo, con columnas dóricas lisas que salen sin basa directamente del suelo, y rematado por un austero frontón que nos indica la entrada al recinto religioso. La concepción de la planta, de singular importancia en la realización del proyecto, marca ya las pautas a seguir. A su forma cuadrada de planta central se van agregando, casi de manera independiente, el resto de los elementos propios de una iglesia: ábsides, pórtico, sacristía y torre, de un modo autónomo pero formando conjunto. El resultado resulta bastante diferente respecto al de un templo tradicional, subrayando el sentido clasicista del conjunto y sacrificando a un segundo lugar partes tan esenciales de la iglesia como el campanario, ubicado junto al ábside, no expresándose en fachada.


El interior, de planta cuadrangular, tiene un sentido unitario del espacio, formando la clásica composición de una sala tetrástila con cuatro finas columnas toscanas de apoyo sobre las que se eleva la bóveda central. El carácter clásico de este espacio se remarca más si cabe por medio de las ventanas termales situadas a cierta altura, que dejan penetrar la luz al interior del templo. El aspecto exterior de la edificación nos muestra grandes paños, con volúmenes nítidos en donde destaca el sentido geométrico, acentuado por las ventanas termales a las que hemos hecho referencia. Se trata de emplear un lenguaje carente de toda ornamentación no necesaria, y que subraye el carácter de templo grecorromano tomado como referencia. Lástima que las desafortunadas y discutibles obras de acondicionamiento y restauración llevadas a cabo en el edificio, tan lejos del mensaje que Pérez quiso dar a su obra, hayan hecho que este fuera mutando con elementos ajenos al proceder inicial de la obra".

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