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BUCHER, Lothar

BUCHER, Lothar

  • Publicista
  •  
  • 1817 - Szczecinek. Polonia
  • 1892 - Glion, Montreux. Suiza

BENEVOLO, L., Historia de la arquitectura moderna. Edit. Gustavo Gili. Barcelona, 1987.


Págs. 341-426.“ La evolución norteamericana”  


La importancia del período 1850-1890


 Los periodos colonial y republicano fueron de gran importancia para la evolución norteamericana; esas épocas proporcionaron unos sólidos cimientos para el avance futuro. Pero el periodo 1850-1890 es más importante por la influencia norteamericana en el resto del mundo. Los preparativos que hicieron posible esa influencia se complementaron durante esas décadas. Los años comprendidos entre 1850 y 1890 presenciaron no sólo las grandes oleadas de gente hacia las tierras no colonizadas del oeste, sino también poderosas manifestaciones de un espíritu nuevo y específicamente norteamericano. Este periodo tiene una significación particular para los observadores extranjeros. Las nuevas formas que surgieron en él tenían sus raíces en una organización del trabajo completamente distinta a la que prevalecía en Europa.


El material gráfico que se publica en este libro se ha sacado a la luz con dificultades. Los documentos de este periodo no son fáciles de obtener, precisamente porque hay poco interés en él y se comprende poco su importancia. El material que muestra la evolución de la vida en este periodo y los hábitos cotidianos que se reflejan en ella resulta muy difícil de encontrar. Y lo que es todavía más importante: hay un peligro constante de que se pierda para siempre.


Los fabricantes sencillamente se ríen cuando se les piden muestras de sus primeras producciones y de sus catálogos antiguos. No hay tiempo para estudiar los orígenes de la tradición que rige la vida del hombre en nuestros días; y sobre todo, no hay interés en hacerlo. En el futuro, los historiadores que examinen este periodo estarán sin duda más interesados en desvelar las raíces de las grandes producciones anónimas de la industria, que en la arquitectura monumental u oficial de la época. Pero ¿qué institución intenta -con un interés más humano que técnico- recopilar los documentos que tratan sobre los comienzos anónimos de nuestra época? Estamos demasiado poco acostumbrados a considerar las interrelaciones entre los distintos ámbitos de la actividad humana como para ver claramente las cuestiones con las que están vinculados. El peligro es que el material para reconstruir esas relaciones puede haberse perdido para cuando su importancia se haya reconciliado.


 Europa observa la producción norteamericana


El público europeo tuvo su contacto inicial con las herramientas y los enseres domésticos norteamericanos en la primera exposición internacional: la de Londres de 1851. Los observadores europeos quedaron atónitos ante la sencillez, la exactitud técnica y la seguridad formal que se apreciaba en las producciones norteamericanas. El perspicaz Lothar Bucher llamó la atención acerca de <>


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GIEDION S., Espacio, tiempo y arquitectura. Edit. Edit. Reverté. Barcelona, 2009.


Págs. 186-302. La evolución de las nuevas posibilidades.


pág.259. Las grandes exposiciones.


pág264. La Gran Exposición, Londres, 1851 (Crystal Palace)


Una opinión alemana de 1851. Lothar Bucher escribió en 1851 que «el edificio no encontró oposición alguna y la impresión que producía en quienes lo veían era de una belleza tan romántica que sus reproducciones pronto colgaban de los muros rústicos de remotos pueblos alemanes. Al contemplar el primer gran edificio que no era de sólida obra de fábrica, los observadores no tardaron en darse cuenta de que en este caso ya no servían los criterios por los que la arquitectura se había juzgado hasta entonces.»


 Toda la materialidad se difumina en la atmósfera. Bucher -un exiliado político demócrata alemán que más tarde llegaría a ser la mano derecha del canciller Bismark como ministro de Asuntos Exteriores- seguía luego describiendo el interior. La descripción suena casi exactamente como un análisis actual de arquitectura: «Vemos una delicada red de líneas sin ninguna clave mediante la cual podamos juzgar la distancia a la que están, ni su tamaño real. Los muros laterales están demasiado alejados como para poder abarcarlos de una sola mirada. En vez de pasar del muro de un extremo al del otro, la vista recorre una perspectiva interminable que se desvanece en el horizonte. No podemos decir si esta construcción se eleva cien o mil pies sobre nosotros, ni si la cubierta es una plataforma plana o está compuesta de una sucesión de caballetes, pues no hay un juego de sombras que permita a nuestros nervios ópticos calcular las medidas.»


«Si dejamos vagar nuestra mirada hacia abajo, lo que encuentra son las vigas de celosía pintadas de azul. Al principio, éstas aparecen separadas por amplios intervalos; luego se alinean cada vez más próximas, hasta que quedan interrumpidas por una resplandeciente banda de luz, el transepto, que se disuelve en un fondo distante donde toda la materialidad se difumina en la atmósfera. [...] Sería una sobria economía de lenguaje si calificó el espectáculo como incomparable y de ensueño. Es como el ‘el sueño de una noche de verano’, visto a plena luz del día.»


 

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