Imprimir

FRAMPTON K., Historia crítica de la arquitectura moderna. Edit. Gustavo Gili. Barcelona, 1987.


Págs. 226-233..- “Le Corbusier y la monumentalización de lo vernáculo, 1930-1960”  


Esta ruptura con la estética dogmática del Purismo (anticipada ya en la pintura de Le Corbusier de 1926) coincide con ese momento conceptual de su carrera en el que empezó a abandonar su fe en el funcionamiento inevitablemente beneficioso de la civilización de la era de la máquina. En adelante, desilusionado por la realidad industrial y cada vez más influido por el ‘brutalismo’ del pintor Fernand Léger, su estilo empezó a moverse al mismo tiempo en dos direcciones opuestas. Por un lado, volvió, al menos en su obra doméstica, al lenguaje de la tradición vernácula; por otro, como en el proyecto de la Ciudad Mundial (1929) para Paul Otlet, adoptó una monumentalidad de grandiosidad clásica, por no decir beaux-arts.


Sin embargo, considerar este cisma como una simple distinción de medio expresivo entre ‘construcción’ es describir de un modo excesivamente simplificado su actividad en esta época. Y es que, pese a su ‘duda interna’, no sólo no había abandonado totalmente la estética de la máquina(como puede apreciarse con ‘muro cortina’ construidos por el estudio entre 1930 y 1933), sino que algunas obras, como el ático De Beistegui en París, revelaban inesperadamente una faceta surrealista en la imaginación de Le Corbusier. Este ejercicio de ensueño -que recuerda los interiores de Adolf Loospara la casa de Tristan Tzara, de 1926- manifestaba sus disyunciones ‘estéticas’ en más de un nivel. Mientras que acentuaba la extrañeza de los objetos a escala doméstica (el césped del solárium parecía una alfombra viva), evocaba también insólitas asociaciones de ideas de carácter urbano (topográfico), como la semejanza isomórfica entre la chimenea falsa del solarium y el Arco de Triunfo, posado sobre horizonte artificial del muro de borde. Esta sensibilidad surrealista (compárese con Magritte y Piranesi) está latente en todo ese retorno de Le Corbusier a la cultura vernácula: desde la casa de Mandrot, de 1931, hasta la capilla de peregrinación de Ronchamp, construida a mediados de la década de 1950.


Sin embargo, pensar en este cisma como una simple diferenciación en la modalidad expresiva entre la “construcción” y “arquitectura” es ofrecer un resumen muy simplificado de la práctica de esta época. Y es que, a pesar de la “duda interior”, no sólo la máquina estética no había sido totalmente abandonada (como podemos juzgar por las estructuras de “muro-cortina” construidas en la práctica entre 1930 y 1933), sino que además obras tales como la casa con azotea de Beistegui revelaban inesperadamente una faceta surrealista en la imaginación de Le Corbusier. Este ejercicio onírico -reminiscente de los interiores de Aldolf Loos para la casa Tristan Tzara en 1926 – manifestó sus disyunciones “estéticas” en más de un nivel. Al tiempo que destacaba el carácter extraño de objetos a escala doméstica (¡El césped del solárium parecía una alfombra viva!) también evocaba improbables asociaciones urbanas ( topográficas) tales como la similaridad isomórfica entre la falsa chimenea el solárium y el arco del Triunfo, emplazado en el horizonte artificial de la pared limitante. Esta sensibilidad surrealista (véase Magritte y Piranesi) está latente en todo el retorno de Le Corbusier a lo vernáculo, desde la casa Marthes, cerca de Burdeos (1935) que fue construida a partir de planos, sin que el arquitecto visitara el lugar.


 


---

Subir