Págs.66-69.“Arquitectura estatal”,
En 1938 Piacentini recibió un encargo aún mayor que la reallización de la nueva ciudad universitaria en Roma; el de construir una exposición permanente de los logros del Estado fascista, llamada Exposizione Universale di Roma, ubicada unos cinco kilómetros al sur de la cludad. Estaba previsto un mayor número de edificios monumentales, pero se acabaron de construir poco antes de que la guerra parara la construcción en 1940. El principal edificio que sí se acabó era la Cívilta itálica, cuyas fachadas tenían cada una seis filas de arcos, Un crítico describió el peculiar edificio italiano como “la máxima banalidad arquitectónica”.
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Págs. 159-190.” El clasicismo moderno en Italia”
Con todo, la arquitectura preferida por el régimen fascista tenía una clara voluntad monumental. Un documento clave para comprender las aspiraciones arquitectónicas del fascismo es el plan de 1931 para la reforma de la ciudad de Roma, en cuyo comité de redacción figuraban personalidades ya consolidadas, como Marcello Piacentini y Gustavo Giovannoni. Esta propuesta incluía una serie de sventramenti o demoliciones destinadas a crear perspectivas y uniones entre las zonas asociadas al poder (tanto nuevo como antiguo, pues el objetivo era identificarlos) y los grandes restos arqueológicos, cuya presencia en el contexto romano se pretendía enfatizar. A esto habría que añadir la creación de un complejo deportivo monumental en el norte (el futuro Foro Mussolini) y otro administrativo en el sur (la futura Exposición Universal de Roma, EUR), todo ello relacionado con una serie de nuevas vías rápidas para el tráfico rodado moderno.
Esta combinación de arqueología y carreteras no era un ejemplo aislado. La ideología fascista hizo un uso constante del legado de la civilización romana para revestir la dictadura de Benito Mussolini del carácter de una restauración, y la retórica fascista insistía repetidamente en el renacimiento del 'imperio'. La Mostra Augustea della Romanità (1937) —visitada por Adolf Hitler durante su viaje oficial en 1938— establecía una constante equiparación entre los logros de la arquitectura fascista y los antecedentes de la época romana, y este tema se repetía tanto en la estética de los nuevos núcleos urbanos como en el lenguaje empleado para describirlos...
...El primer proyecto de la EUR (1937) fue encomendado a un equipo en el que se encontraban tanto Giuseppe Pagano como Marcello Piacentini, que en breve se revelarían como perfectos antagonistas en materia de estilo arquitectónico. La primera propuesta de la EUR era francamente racionalista en su arquitectura y en su concepción urbana y circulatoria, en la línea de los principios de la Carta de Atenas. Pero en el segundo proyecto, modificado a su gusto por Piacentini, el enfoque monumental se hizo más evidente, y aparecieron grandes ejes perspectivos con monumentos situados en sus extremos, así como reflejos simbólicos simétricos que conferían coherencia al conjunto. Cuando el estallido de la guerra interrumpió las tareas de construcción, buena parte de las obras estaban muy avanzadas. Ordenado, refinado y mesurado hasta un extremo misterioso, el urbanismo de este en- clave suavemente utópico tiene todo el ambiente de las pinturas metafísicas. Las plazas porticadas interiores, el travertino y los monumentos en las intersecciones refuerzan la unidad estética y de lenguaje. Y si la EUR resulta inquietante, es más bien por el carácter perfectamente nítido, sopesado y controlado de cada elemento, antes que por su escala excesiva; en este punto, resulta muy diferente de la ciudad histórica y muestra muy claramente su parentesco con las ideas funcionalistas.
Según el proyecto inicial, el eje principal de la EUR debía terminar en un gran arco monumental, desnudo y carente de referencias lingüísticas clásicas, que fue ideado por Libera y que se anticipaba, en una versión estrictamente semicircular, al arco parabólico construido en 1947 por Eero Saarinen en St. Louis como 'puerta hacia el oeste'. El monumento de Libera no llegó realizarse, pero los principales edificios monumentales sí se construyeron durante la época fascista, y constituyen un muestrario de gran calidad de la mejor arquitectura del momento.
La obra que mejor representa el ethos moderno de la arquitectura del fascismo italiano es sin duda el Palazzo della Civiltà Italiana, proyectado en 1937 por un equipo formado por los arquitectos Giovanni Guerrini, Ernesto 'Bruno' Lapadula y Mario Romano. Esta obra sencilla y delicada, situada sobre un gran podio con escalinatas, totalmente exenta y casi cúbica, es el hito más importante de la EUR y el paradigma de cierto tipo de clasicismo favorecido durante esos años. Las caras del paralelepípedo que contiene el edificio aparecen excavadas por huecos terminados en arcos de medio punto. Implícitamente, estos huecos forman arcadas horizontales superpuestas a lo largo de seis pisos (nueve huecos a lo largo en cada fachada, aunque en los proyectos iniciales había más hileras). En este 'palacio de la civilización italiana' no hay ningún elemento decorativo, imposta ni recercado, y la imagen de los vanos superpuestos con limpieza a lo largo de las cuatro caras provoca una impresión misteriosa e inquietante, no muy lejana de la melancolía que emana de los cuadros que hicieron famoso a Giorgio De Chirico.
pág. 212-225. “Lugar, producción y escenografía; práctica y teoría internacionales desde 1962”
El conflicto entre modernidad y tradición adoptó en Italia una forma particularmente sutil. Puesto que los jóvenes racionalistas estaban tan comprometidos como Muzio y Piacentini en la reinterpretación de la tradición clásica. Pero ese enfoque del MIAR era sumamente intelectual con austeras obras carecían de una iconografía consciente. Pudiera darse de que el Futurismo no podían representar una ideología nacionalista, el poder fascista optó en 1931 por un estilo clásico simplificado y fácilmente reproducible cuya apoteosis Ilegó con la malhadada EUR de 1942. Esta ansiada implantación de una nueva capital, fuera de los límites de la Ciudad Eterna, era tan utópica y reaccionaria en sus aspiraciones como Nueva Delhi. Postulaba una monumentalidad que era totalmente ajena a la realidad social, con El enigma de la hora de De Chirico hecho realidad casi literalmente en el Palacio de la Civilización Italiana: un prisma de seis alturas, lleno de arcos, que cerraba el eje principal del conjunto.
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Pág. 183-192.“Del racionalismo al revisionismo: La arquitectura en Italia, 1920-1965”
En 1936, el propio Mussolini anunció tardíamente su apoyo a los racionalistas. Pero con el aumento del sentimiento patriótico provocado por el estallido de la guerra de Abisinia, el partido miró a la derecha, y a finales de la década de 1930, los tradicionalistas, encabezados por Piacentini, se convirtieron en la facción arquitectónica dominante.
En la exposición E42, celebrada cerca de Roma en 1942 (ahora llamada EUR: Exposición Universal de Roma), la mayoría de los racionalistas abandonaron su postura moderna en favor de un clasicismo desnudo y monumental.
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Págs. 351-369“Las críticas totalitarias al Movimiento Moderno”
La arquitectura moderna se afianzó en Italia más tarde que en Alemania, Holanda y Francia, y encontró menos hostilidad por parte del gusto estatal que en la Alemania nazi. En parte, esto se debió al hecho de que el fascismo ya estaba bien asentado cuando el movimiento moderno italiano se puso en marcha y, por tanto, no hubo una identificación automática con ninguna sospechosa ideología socialista anterior, como fue el caso de Alemania. Por ello, uno de los rasgos más curiosos del movimiento moderno en Italia es que minimizó la retórica 'funcionalista' y 'maquinista', concentrándose en cambio en un esteticismo abstracto deliberadamente evocador de los precedentes clásicos. Con ello se corría constantemente el peligro de generar un formalismo insulso o, aún peor, una monumentalidad desnuda en la que extensas superficies de travertino, con la consistencia del linóleo, invocaban un tradicionalismo instantáneo y epidérmico. Cuando se repasan las polémicas y los debates de la arquitectura italiana en las décadas de 1920 y 1930, resulta asombroso el interés omnipresente por el problema de la representación simbólica y por la idea de la arquitectura como una especie de lenguaje'. Efectivamente, había un amplio abanico de posibilidades: desde una monumentalidad retórica que usaba simplificaciones de elementos tectónicos tradicionales como el muro, el arco, la columna y la pilastra (por ejemplo, algunos de los edificios de Piacentini para la universidad de Roma en la década de 1930, o el cubo cristalino con arcos tallados del Palacio de la Civilización Italiana, de Giovanni Guerrini, Ernesto La Padula y Mario Romano en la EUR, a las afueras de Roma), hasta una arquitectura moderna de horizontalidad, transparencia y dinamismo espacial (por ejemplo, varias de las obras de Figini, Pollini y Libera en la década de 1930), Como mucho, el conocimiento de la historia ofrecía nuevas posibilidades a la tradición moderna, en la que la estructura de hormigón (el piloti, el soporte desnudo y la abertura simple) y las características elementales del sistema clásico se reforzaban mutuamente en un plano más profundo y más abstracto.