La visión asiática dependía en cierto grado de las connotaciones históricas e incluso políticas asociadas a las formas del pasado. Tras su revolución en 1949. China se embarcó en una engañosa vía de autodefinición cultural que tenía que abrirse camino entre la influencia soviética, su propio estilo de modernización y su ambivalencia con respecto a su gran herencia propia. Los grandiosos edificios estatales, como el Gran Palacio del Puebloy el Museo de Historia China y de la Revolución, construidos en la década de 1950 en Beijing [Pekín], reflejaban una línea clasicista proveniente de Moscú con ligeros toques aquí y allá de una ornamentación insípida abstraída de la tradición imperial. El Ministerio de la Construcción, erigido en la década de 1950, tenía alusiones más abiertamente nacionalistas, pero sus toques orientales aún eran epidérmicos. La mayoría de las cuestiones relativas a la cultura visual en China estaban rigurosamente controladas por el Ministerio de Cultura y por el brazo propagandístico del Partido Comunista chino. Un entramado dogmático de esta clase contribuía muy poco a fomentar la excelencia visual. En efecto, una preferencia ideológica del sistema era que la función social siempre debía considerarse anterior a la calidad formal. Evidentemente, la idea de que las disposiciones formales vitalistas podían tener un importante papel que desempeñar en la formulación de una nueva sociedad no tenía cabida en los tópicos oficiales, que acentuaban el realismo y los recursos obvios de la propaganda. Tampoco la tradición china salió mucho mejor parada en Taiwán, la isla a la que se retiraron la mayoría de los nacionalistas chinos tras perder la guerra contra Mao Zedong. Los principales monumentos estatales (por ejemplo, el dedicado a Jiang Jieshi[Chiang Kai-shek] en Taipei) ponían de manifiesto una extraña batalla similar por conciliar las imágenes del pasado con las nuevas realidades, y las nuevas imágenes con las realidades del pasado....
...La obsesión por la representación cultural que se hizo patente en la década de 1970 siempre corría el peligro de dejar de lado las cuestiones de la calidad y la autenticidad arquitectónicas. Un edificio que encajase en alguna prescripción pasajera, que ilustrase valores ruidosamente proclamados como 'islámicos, 'indios', 'nacionalistas' o "comunistas' (u otros cualesquiera), no era necesariamente una arquitectura de calidad duradera. De hecho, una aceptación demasiado fácil de la iconografía convencional podía conducir rápidamente al 'kitsch'. La época posterior a la II Guerra Mundial comenzó con la emancipación de diversidad arquitectónica de una arquitectura internacional devaluada; esto era deseable e inevitable. Pero el regionalismo se podía convertir fácilmente en el instrumento simplista de un dogmatismo religioso a fórmula y nacionalista de tal índole que no dejase sitio para los aspectos universales de la condición humana y del lenguaje del arte. Lo que se necesitaba era una combinación de lo local y lo universal que evitase las limitaciones de cada uno de ellos y llevase a formas de una resonancia simbólica duradera. La arquitectura epidérmicamente moderna y el tradicionalismo insustancial eran males que debían evitarse en todas las partes del mundo.