En las últimas páginas hay una sección sólo para especialistas: Supplementary List of Properties Open by Appointment Only. Allí, en el condado de Hertfordshire, encontré la mansión de Homewood, a sus propietarios, Mr. & Mrs. Pollock-Hill, y una dirección adonde escribirles. Así lo hice, y concretamos una visita para hoy.
Encontrar la propiedad, a pesar de las prolijas explicaciones previas de Mr. Pollock-Hill, no nos ha resultado nada fácil; como era de prever, hemos tenido que acabar telefoneando desde un pub cercano. Era de prever, porque en Inglaterra todo lo que ayude a orientar al turista es desechado por hortera. En el mismo Londres conocer el nombre de una calle nos sirve de muy poco; el mismo nombre puede darse a una Road, una Street, una Avenue, un Way, una Place, un Square, un Park, un Mews, unos Gardens, un Field, un Yard, una Terrace, un Close, un Lane, un Walk, un Crescent, un Commmon, un Drive, una Gate, un Passage... y, a veces, una está a la quinta puñeta de su homónima. La calle en cuestión puede girar en ángulo recto, o puede interrumpirse y volver a aparecer más allá; su numeración puede comenzar en un extremo, con una acera de pares y otra de nones, pero también puede comenzar en un punto arbitrario e ir avanzando hasta el final, donde salta a la otra acera como si se tratase de una plaza, sólo que muy alargada...
Lo que en la ciudad es complicado, en la campiña se vuelve laberíntico. Como la red de vías comunales no es radial, ni árborea, sino que es propiamente una intricada red de geometría fractal, todos los caminos llevan a todas partes. Las pequeñas y pintorescas señales de los cruces pueden indicar lo que quieran, pues seguro que por aquel camino también se puede llegar a aquel sitio... y a todos los demás. Para no extraviarnos es imprescindible llevar planos muy detallados, de escala muy grande ( de una milla por pulgada, como mínimo ); y, si está nublado, una brújula no nos vendrá nada mal.
Parece que los británicos dan por supuesto que uno ha nacido por allí cerca y que se ha pasado la vida recorriendo aquellos caminos.
Nos encantan los Relais & Châteaux ingleses, nos parecen los mejores del mundo -quizás no los más lujosos pero si los más elegantes y auténticos-, pero encontrarlos no es cosa de broma. Previsoriamente pretendemos llegar siempre con luz de día porque de noche la búsqueda puede resultar angustiosa. A pesar de las instrucciones ( al llegar a la placita donde hay una farmacia, tome por un caminito a la izquierda, no coja la carretera asfaltada, métase en unos matorrales aparentemente impenetrables...) que vienen en el prospecto bellamente ilustrado a la acuarela, no esperemos encontrar la más mínima indicación in situ. Estos son recursos para los comercialotes Relais franceses, que se anuncian a kilómetros de distancia. Se supone que un gentilhombre no precisa de esos cartelones que afearían el cáracter silvestre de las sendas británicas. Se supone que tomará sin dudar por el caminito correcto, caminito de un solo carril -sólo dos estrechas roderas de firme sobre la hierba- que se alarga varias millas. Se supone que el ilustre visitante no desfallecerá, que no tendrá la desgracia de cruzarse con otro vehículo, y que al fin llegará a la estupenda mansión donde le abrirán la puerta del automóvil con una amplia sonrisa mientras susurra:
-Señor, le estabamos esperando.
Mi interés por esta casa en particular nace de mi amor por la obra del arquitecto Sir Edwin Lutyens, del que, francamente, sabía muy poco hasta que, a finales de los setenta, me lo descrubió Robert Venturi en su heterodoxo manifesto Complexity and Contradiction in Architecture. Entre las muchas cosas que nos enseñó a mirar ese texto revelador -la catedral de Murcia, o la de Granada, Hawksmoor, Ledoux, el barroco bávaro, el Machu Pichu...- estaba Lutyens....
...
Nada más llegar entregamos a los anfitriones la botella de Vega Sicilia que hemos traído de España. Los señores Pollock-Hill se muestran amabilísimos, nos enseñan la casa, que es sencilla y modesta, pero muy bella -sobre todo su escalera con luz cenital-, nos consultan el tono azulado (this particular shade of blue) que quieren dar a las paredes del comedor y su relación con el color amarillento de la seda de las cortinas, y finalmente nos invitan a tomar el té en la terraza, frente al jardín.
En la conversación nos enteramos de que los Pollock-Hill no son los propietarios originales de la casa: Lutyens la proyectó en 1901 para su suegra, la condesa de Lytton; ellos la adquirieron hace pocos años y se pusieron a restaurarla con modestas ayudas del National Trust, y con el máximo respeto por la arquitectura de Sir Edwin, arquitecto al que admiran profundamente; están orgullosos de vivir en una de sus casa e incluso se han hecho miembros de una asociación de amigos del Maestro. Cuando en un momento de la conversación me atrevo a poner de relieve un pequeño detalle de la arquitectura de la mansión, detalle que pasaría desapercibido a los ojos de cualquier observador no especializado, Mr. Pollock-Hill me relata la anécdota que ha dado pie a este libro.
Parece ser que, en una ocasión, uno de los jóvenes colaboradores de Lutyens se encontraba grafiando la fachada trasera de una de las casas que se estaban proyectando en el estudio. El Maestro, tras estudiarla con detenimiento, observó que la posición de una de las ventanas alteraba la composición general, a lo que su colaborador objetó:
-Esto no es problema: el muro que cierra el patio de servicio está tan próximo que esta abertura no se puede relacionar con el resto de la fachada. Nadie podrá ver esta falta de rigor geométrico.
A lo que el Arquitecto repuso impasible:
-Dios sí lo ve.
Dios lo ve: cuantas veces he empleado esta frase, u otra parecida, frente a mis colaboradores en nuestro estudio de arquitectura.
En la práctica de este engorroso arte se aprende pronto que, a la larga, todo se ve; sea por el inesperado punto de vista, sea por el transcurso del tiempo, la lluvia, los asentamientos diferenciales, el distinto envejecimiento del exterior y el interior, un derribo que pone al descubierto lo que antes estaba oculto...
Ningún truco, ninguna trampa se nos acaba perdonando. La evidencia de nuestro error o frivolidad puede tardar en aparecer, a veces muchos años, pero aparecerá, o tenemos el sano temor de que aparezca. Naturalmente, para entonces nuestra carrera profesional puede estar en las últimas, sin duda estaremos ya totalmente borrados por otras modas, por lo que esta puesta en evidencia no debería preocuparnos en exceso, como no preocupa a la inmensa mayoría de profesionales de la arquitectura, enfrascados en resolver sus aspiraciones económicas -los más-, o en la fama inmediata -los menos.
Pero han existido creadores, y quizás continúe existiendo alguno, para los que estas imperfecciones, aun siendo absolutamente inapreciables para cualquier observador, resultaban inaceptables. Ni siquiera la certeza de que estas limitaciones no podrán detectarse antes de su muerte parece tranquilizarlos.
A intentar desentrañar sus motivaciones y a su memoria se dedica este libro.