Imprimir

CURTIS William. J. La arquitectura moderna desde 1900. Edit. Phaidon. Hong Kong, 2006.


Págs.371-391. “Internacional, nacional y regional: La diversidad de una nueva tradición”


Ya se ha dicho lo suficiente en los capítulos anteriores para indicar que un fenómeno tan complejo como la arquitectura moderna no se puede dejar reducido a un único principio generador o a una descripción estilística excluyente. Incluso en su fase de cristalización, en la década de 1920, había una tensión básica entre lo común y lo individual, lo universal y lo singular.  Para comprender las pautas de invención, ampliación, reacción, difusión y asimilación en la década de 1930, es necesario ir más allá de las obvias semejanza de estilo,  para llegar al plano de los tipos subyacentes y las ideas formativas.  Tiene cierto sentido asignar una aspecto “universalizador” a la arquitectura moderna en este período, siempre que eliminemos el sesgo occidental y las presunciones progresistas que están latentes en esta formulación, y siempre que tengamos en cuenta también las historias nacionales y regionales con su lógica e impulso propios. En la década de 1930 hubo una especie de “fecundación cruzada” en la que la arquitectura moderna se vio inmersa en toda una serie de programas locales, y en la que las preocupaciones regionales adquirieron también una impronta internacional. Los recursos genéricos modernos (como la estructura de acero, el esqueleto de hormigón, la fachada libre, la línea horizontal flotante y el muro plano) circulaban por todo el mundo, encontrándose con distintos climas, sociedades, tecnologías, tradiciones y lenguajes arquitectónicos e incluso definiciones variables de la modernidad.  Unas veces lo nuevo simplemente colisionaba con lo antiguo; y otras veces se producía una transformación mutua. Las formas modernas suponían una ruptura con lo que había existido inmediatamente antes, pero también permitía que las subestructuras de las culturas nacionales o regionales se entendiesen de nuevas maneras.


Como ya hemos visto en casos tan diversos como Italia, Finlandia y Gran Bretaña, las razones para introducir la arquitectura moderna variaban considerablemente. A veces era una cuestión de preferencias personales ; otras veces tenía que ver con proyectos enteros de “renovación” social y cultural. A veces respondía a necesidades ideológicas; la arquitectura moderna tenía claramente sus aplicaciones tanto en los estados democráticos como en los fascistas. Destacados artistas individuales como Aalto y Terragni fueron capaces de hacer “microcosmos” de sus respectivas sociedades en sus obras de arte. El aspecto “universalizador” de la arquitectura moderna podía interpretarse también de modos completamente distintos, como respuesta a una herencia clásica en su caso, y a una tradición vernácula en otro. Paradójicamente, esta misma aspiración a la “universalidad” podía usarse para favorecer las causas de algunas identidades nacionales en particular, como ocurrió en Brasil.


Contrariamente al mito de un desarrollo regular y uniforme, la arquitectura moderna de los años 1930 dio respuesta a los matices culturales y las diferencias territoriales existentes en cada uno de los países. Un caso interesante de todo ello lo ofrece Suiza. Si Ginebra y la parte francófona estaban abiertas sobre todo a la influencia francesa, Zurich y las zonas industriales del norte mostraban cierta orientación hacia Alamenia y hacia una idea algo clínica del funcionalismo, que ya no podía florecer bajo el régimen nazi, pero que por entonces tenía sus partidarios. Las viviendas Doldertal (1934-36) de Alfred y Emil Roth con Marcel Breuer, ofrecían una versión competente, aunque prosaica, del tema del Estilo Internacional como la caja sobre pilares o la terraza en voladizo, mientras que la Neubühl Siedlung (1932) de Max Haefeli, Werner Moser, Hans Schmidt y otros, llevaba la contención de la “nueva objetividad” hasta el límite de lo puritano. El Hallenstadion (estadio cubierto) de Zurich (1938-39) de Karl Egender, mostraba lo que podía conseguirse cuando un arquitecto afrontaba los problemas prácticos de las grandes luces y la iluminación natural de un modo directo y sin pretensiones. Con sus estructura de hormigón visto, sus enormes soportes interiores de acero, su borde horizontal de acristalamiento industrial y sus profundos aleros de cubierta, elevaba al rango de arquitectura los simples hechos constructivos.


 

Subir