Págs. 79-114. “Mundos”.
Cada vez que una comunidad se agrupa para defender sus casas, que se manifiesta para reivindicar sus derechos, que un grupo derriba el muro de un edificio vacío para ocuparlo, que un terreno sin construir es convertido temporalmente en jardín infantil, que una biblioteca, como las de Bogotá o de Medellín, une barrios depauperados, que se construyen barrios y viviendas que fomentan las relaciones y la vida comunitaria, se detiene un momento la distopía creciente de un mundo hecho cada vez más de fronteras calientes. Y se apunta la posibilidad de que, tal como sucedió en el año 2003, 110 millones de personas se sumaran en un movimiento cosmopolita alternativo y pacifista que se concretó en cientos de manifestaciones contra la invasión de Irak por parte de Estados Unidos y el Reino Unido, secundados por España y Canadá. La expectativa de que crezca una sociedad más humana y justa, que nos acerquemos a otro mundo posible, pertenece a millones de personas.
Porque la segregación no es un proceso definitivo. Estas fronteras de dominio son calientes y frágiles y pueden saltar de manera imprevista cuando los grupos sociales segregados se vean empujados por diversas razones crisis económica, paro, abusos de poder, obligada vuelta a la ciudad concentrada por escasez de energía, hambrunas, epidemias, etc; a reencontrarse violentamente, como en los riots en Los Ángeles en 1992, los saqueos consecuencia de la crisis en Argentina en diciembre del 2001, las revueltas juveniles en los banlieu franceses, que se repiten cada otoño desde el 2005, o los movimientos contra las dictaduras del norte de África en el 2011. Los grandes conflictos en los polígonos y suburbios de las grandes ciudades francesas son muy sintomáticos. Son el resultado generacional de la nefasta política de vivienda de unas villes nouvelles francesashechas con criterios productivistas, y no sociales y urbanos. Todo ello ya lo anunció la película la El odio (1995), dirigida por Mathieu Kassovitz: un futuro sin salida y suicida de unos jóvenes permanentemente enfrentados a las malas artes de la policía.