Págs. 491- 511.“El proceso de asimilación: América latina, Australia y Japón”
Al menos había algunos casos en los que la búsqueda de formas arquitectónicas adecuadas contaba con el apoyo de figuras interesadas en consolidar una nueva situación cultural. Pero a principios de los años 1960, el modo más usual de influir era mediante una exportación directa de las formas a los centros provinciales. Es más, solía ser un estilo devaluado de construcción industrial, en vez de una arquitectura de cierto valor formal, lo que se transmitía de este modo. Por eso las oficinas comerciales de Nueva York y Londres pronto reprodujeron su imaginería en ciudades tan alejadas como Hong Kong y Lagos. Era como si el entramado rectangular de acero u hormigón, el acondicionador de aire y el promotor inmobiliario conspirasen para rechazar las tradiciones nacionales de la noche a la mañana. Este no era el verdadero Estilo Internacional-con sus imperativos morales y estéticos sino un 'estilo corporativo internacional'; de hecho, las grandes empresas y el turismo desempeñaban un papel fundamental en la proliferación de las formas estereotipadas. Más adelante se señalará (véase el capítulo 31 ) que este desarrollo iba unido a la rápida mecanización y a la confusión que estaba condenada a producirse cuando los países pasaban en una sola generación de la economía rural a la industrial; el estilo de educación tecnocrático y occidental de las nuevas élites también tuvo su papel. Los insípidos resultados de los años 1960 por todo el mundo provocaron pronto una fuerte reacción en favor del regionalismo de varias clases en la década de 1970 El sofisticado 'ruralismo' de la vanguardia europea sería relevante sólo en parte para este retroceso, que con frecuencia buscaba una evocación más directa de la construcción vernácula.
Al igual que Brasil y México, Japón puso los cimientos de su movimiento moderno entre las dos guerras mundiales en un selecto número de edificios, e incluso estableció puntos de referencia teóricos que seguirían siendo relevantes. Las sociedades urbanas de Australia y América Latina tenían una afinidad casi automática con los conceptos occidentales' de modernidad, puesto que su historia se apoyaba, en cierto grado, en las proyecciones del anterior colonialismo europeo; pero en Japón este asunto era más complicado, pues la modernización misma había supuesto una lucha continua entre unas tradiciones orientales fundamente arraigadas y unos modelos que se percibían, incluso por parte de la élite urbana, como algo ajeno. La escala de la crisis de la construcción tras la derrota militar y los enormes daños de la guerra era casi inimaginable. En 1945, en el momento de la rendición se necesitaban 4,2 millones de nuevas viviendas. Los arquitectos profesionales trataron de abordar el problema diseñando modelos estandarizados, fabricables en serie y de bajo coste, basados en el módulo de la estera tatami, y que pudiesen construirse en menos de una semana. El final de los años 1940 se caracterizó por una democratización gradual de la vida japonesa, pero los antiguos dilemas sobre la occidentalización y la modernización ciertamente no se redujeron con la presencia militar norteamericana ni con el flagrante contraste entre las formas importadas y las autóctonas en la precipitada reconstrucción de las ciudades. En los círculos arquitectónicos había debates acerca de la viabilidad de reavivar las tendencias modernas de preguerra y sobre la posibilidad de que se produjese cierta forma de 'realismo social' en la arquitectura.
En 1950, con el estallido de la Guerra de Corea, un periodo inflacionario desembocó en otro de prosperidad, y por fin los proyectos de papel pudieron dejarse de lado en favor de la construcción real. El debate volvió una vez más a la cuestión de un estilo moderno japonés. Estaba claro que éste tendría que afrontar las realidades de una sociedad en rápida industrialización en la que los valores tecnocráticos occidentales estaban más y más en evidencia, pues la vida japonesa se estaba norteamericanizando a marchas forzadas. El banco Nihon Sogo, de Kunio Mayekawa, o la casa editorial Readers Digest, mas delicada, de Antonin Raymond(ambos realizados en Tokio en 1951) reflejaban un intento de continuar con la experimentación 'moderna' anterior a la guerra. El tratado de paz de San Francisco, del mismo año -que concedía a Japón su independencia de los Estados Unidos-, afianzó la conciencia de las tradiciones nacionales que debían, no obstante, desembarazarse del nacionalismo y el imperialismo anteriores. Una vez más, surgió la idea de que el internacionalismo simplista debía ser desterrado, pero ahora el problema residía en saber realmente cómo transformar los prototipos japoneses anteriores.