Inprimatu

MONTANER J.M. MUXI Z., Arquitectura y política.Gustavo Gili. Barcelona, 2011. 


Págs. 115-158. “Metrópolis”


CONDICIONES


            Podemos considerar que el turismo se constituye dialécticamente como un sistema de actividades que se superpone a las estructuras existentes: el sistema turístico puede agotar, empobrecer y destruir los sistemas naturales, sociales y urbanos, pero también la energía y la riqueza que generan pueden tomarse de manera positiva como oportunidad para rehacer y enriquecer los tejidos sociales, productivos, urbanos y paisajísticos que no tienen suficientes medios propios para conseguirlo; puede servir para otorgan motivos de satisfacción y orgullo a un grupo, ciudad o sociedad.


            Las utopías, en el sentido de las búsquedas de unos nuevos lugares para unas nuevas sociedades, se han sustituido en la posmodernidad por el continuo relevo de turistas que observan a los nativos, por la comprobación de que lo corriente en un lugar es exótico para el visitante, por la vida fugaz y placentera en lugares distintos de nuestro planeta; eso sí, intentando no sufrir sus problemas cotidianos. El turismo, ¿sería la última utopía?


CONSECUENCIAS


            Por su total adscripción a los mecanismos neoliberales del sistema capitalista actual, el sistema del turismo genera una serie de consecuencias. En el contexto de la era de la información, las sociedades están dominadas por el sector de servicios, donde se tiende a la reducción de los puestos de trabajo cualificados y a la dualizaciónentre quienes tienen derecho al ocio y al turismo y quienes tienen trabajos precarios de temporada, una gran parte de ellos en las industrias turística y del entretenimiento, un sector que fomenta el servilismo y que no crea raíces ni cualificación. Por ello, la primera característica es que el mundo del turismo no tiende a formar y crear calidad, sino trabajo basura.


            Otra serie de consecuencias, ligadas a la imposición del sistema turístico sistema de la vida cotidiana, es la paulatina expulsión de los habitantes dentro de un proceso de apropiación de los mejores enclaves, aun a costa de ilegalidades e irregularidades-como es el caso del hotel W o Vela en Barcelona-,y de conquista de tejidos urbanos centrales y estratégicos. Ello conlleva un exceso de hoteles que sustituyen tejido residencial y un exceso de pisos de alquiler temporal que expulsan a antiguos vecinos.


            Y todo esto guarda relación con que la mirada del turista es siempre indiferente a los problemas reales y a los inconvenientes que sufren los habitantes. Un barrio con turistas no crea lazos sociales, no reivindica equipamientos ni elabora una conciencia política. Y no solo pierden las personas, sino también los barrios: el turista ni se compromete, ni cuida el barrio, ni reivindica equipamientos y espacios públicos, ni se solidariza, ni usa las papeleras, ni recicla, ni ahorra agua. No aporta nada a la ciudad donde reside ocasionalmente y, sin embargo, ocupa el lugar de un vecino real. Solo quiere que la ciudad esté a sus pies y a su capricho. Un debilitado deseo humano de utopía habría quedado sustituido por la seudoutopía posible y consumible de ver, distraída y ociosamente, cómo viven los otros, experimentado en una especie de panorámico parque temático global.


            Todo ello crea entre los habitantes de los barrios más afectados por la presión del turismo una percepción de agravio comparativo, de desleal de la industria turística, de ser ciudadanos de segunda. Crece la opinión de que los mismos responsables políticos que han promovido el son incapaces de afrontar sus excesos, sus peligros y sus influencias negativas.


UN CAMBIO DE MENTALIDAD NECESARIO


            El proceso de paso de la sociedad industrial, basada en el desarrollismo, el consumo de territorio y la sustitución continua, a la sociedad postindustrial y a la condición posmoderna debería fundamentarse en una total transformación, atenta a las cautelas ecológicas y al reciclaje urbano, a los valores de la historia y de la memoria. Todo ello exige que el sistema turístico replantee de una forma global. Afrontar este necesario cambio de mentalidad requeriría que los sistemas turísticos se construyeran respetando y enriqueciendo los sistemas preexistentes. Pero ello comporta una doble dificultad. Por un lado, hemos heredado de la modernidad la incapacidad relacionar las nuevas intervenciones arquitectónicas con los estratos existentes; se cree que lo nuevo solo es capaz de existir destruyendo lo antiguo. Sin embargo, a lo largo de la historia, desde el renacimiento hasta el neoclasicismo y el eclecticismo, se había establecido una relación natural entre las nuevas intervenciones y el respeto por las preexistencias. Por otro lado, la lógica dominante de los sectores financieros e inmobiliarios, de la que forman parte los grandes operadores turísticos, no tiene suficiente con construir sus nuevos sistemas de transporte, turismo e inversiones, sino que también necesita destruir las preexistencias naturales y urbanas, provocando, en una etapa previa, que queden obsoletos y se degraden hasta que no haya más remedio que eliminarlos para crear el grado cero desde et que iniciar la infraestructura turística. En este sentido, la industria turística utiliza para sus enclaves mecanismos similares a los empleados por los promotores de urbanizaciones cerradas.


            Una clave metodológica para analizar e intervenir en estos paisajes existentes a los que se superponen los itinerarios y enclaves turísticos es el concepto de estructura y la teoría de los sistemas: la actividad turística debería constituirse en un sistema que se va implantando en compatibilidad con los sistemas existentes, de manera que refuerce la realidad de palimpsestos y de la ciudad como hipertexto.


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