Anasagasti está considerado como uno de los introductores de la arquitectura vanguardista española y ya gozaba de mucho prestigio cuando aceptó firmar el proyecto para levantar estas viviendas obreras que en un principio no parecían ofrecer nada nuevo para su currículum, sin embargo logró plantear una obra que todavía llama nuestra atención por la forma en que supo conjugar la resolución de los problemas de higiene y comodidad en unos edificios con una estética más que aceptable a pesar de la carestía de materiales que se vivía en aquel momento y del presupuesto de 627.000 pesetas con el que partió la obra.
En febrero de 1920 se crea la Junta Local de Mieres.
Las viviendas se levantaron en dos fases: primero se hicieron 20 sobre una superficie de 600 metros cuadrados y poco más tarde otras 48 sobre 1.980 metros cuadrados. Cada una constaba de comedor, dos dormitorios, cocina, despensa y retrete propio, mientras que para la higiene personal se disponía de dos baños colectivos que las familias podían usar por turnos tres días de cada mes. También en el patio interior se colocó un lavadero para que los vecinos no tuviesen que desplazarse a hacer la colada hasta los que ya existían en otras zonas de la población.
Normalmente las Casas Baratas de otras zonas se situaban en los alrededores de las ciudades, donde el suelo costaba menos y los trabajos de infraestructura eran más sencillos, también los teóricos de la higiene lo recomendaban de esa forma porque allí la vida era más sana y según la misma filosofía las casas debían ser de una o dos plantas para evitar el hacinamiento.
Así, lo más original de las de Mieres está tanto en su situación como en su altura de 4 pisos, que cuadra con lo que la iniciativa privada estaba haciendo en otras calles de la población e incluso supera la media de aquel momento. Precisamente en 1921 se aprobó una segunda ley de Casas Baratas destinada también a inquilinos o propietarios de ingresos reducidos que en su artículo 60 limitaba la altura de los edificios protegidos a la planta baja, o natural, y un primer piso, aunque también posibilitaba la construcción de casas colectivas con varios cuartos para ser alquilados a diferentes familias o destinadas a proporcionar albergue a trabajadores de tránsito que en este caso sí podían levantar cualquier altura.
Tenía un perímetro de doble crujía que alojaba un patio de manzana común, una configuración semejante a la que se empleó en los barrios Höfe de Viena pocos años después. La carestía de los solares y las limitaciones presupuestarias llevaron a construir cuatro plantas con una altura muy elevada (por lo común) y sin ascensor por temas económicos.
Se trató de hacer viviendas con condiciones sanitarias y relativa comodidad, con una dignidad que incluso intentó trasladar a la fachada, con una imagen externa dotada de orden y sencillez. El trato que dieron sus usuarios a las casas baratas de Mieres debió de dejar mucho que desear ya desde su primera ocupación "los malos habítos se manifiestan en innumerables deterioros.
Anasagasti incluyó los reglamenteso redactados para el cumplimiento de los inquilinos por las compañías gestoras de dos grupos de casas cercanos a Paris. Hizo hincapié en la elevada misión pedagógica que había que realizar por parte de constructories, propietarios y mantenedores, instituyendo incluso premios anuales para remunerar el aseo de las familias.
Estas viviendas no se hacen sólo para satisfacer las necesidades materiales sino también para contribuir al mejoramiento moral, a la educación.
En los años siguientes, Anasagasti fue derivando desde esta actitud paternalista a una mayor preocupación por las condiciones vitales y económicas de los obreros o por el paro en el sector de la construcción. Sus escritos de los últimos años veinte y primeros del treinta le acercaron cada vez más a la defensa de la clase trabajadora, con planteamientos más filantrópicos que revolucionarios, tan y como nos lo muestran algunos escritos que realiza en la revista ANTA.