Págs. 241-255“La comunidad ideal: alternativas a la ciudad industrial”
Aunque Le Corbusier no iba a construir nunca una versión completa de ninguna de sus ciudades ideales, su espíritu siguió inspirando gran parte de su producción posterior. Esto ocurrió también con otros arquitectos de la década de 1920, quienes empleaban las oportunidades singulares como experimentos con vistas a un conjunto mayor. En cierto sentido, los ejemplos de viviendas de las Weissenhofsiedlung de Stuttgart en 1927 tuvieron este papel para los participantes. Pero en la República de Weimar había entidades que permitían la construcción de viviendas odernas en un frente más amplio. En efecto, la constitución de la nueva república alemana en 1919 acentuó el control estatal sobre el uso del suelo, uno de cuyos propósitos era proporcionar hogares para todos. De hecho, las reformas relativas a la vivienda no pudieron hacerse efectivas hasta después de 1923, con la estabilización temporal de la economía. Los resultados se vieron del modo más espectacular en ciudades como Breslau, Hamburgo, Celle, Berlín y Frankfurt.
Frankfurt fue un caso especial, ya que allí los propósitos de los sindicatos y de las cooperativas socialdemócratas fueron muy eficaces en cuanto a su influencia política. El alcalde de la ciudad, Ludwig Landmann, tenía un interés especial en la vivienda, interés que había monifestado con un libro titulado Das Siedlungsamt der Grossstadt (La función de las colonias residenciales en la gran ciudad, 1919). En 1925 invitó a Frankfurt al arquitecto Ernst May, le confirió los poderes y loe respaldó con el aparato oficial para destinar suelo a la modernización. May ya había realizado una serie de pequeñas comunidades agrícolas en Silesia a principios de la décaa de 1920, la cuales habían reflejado la influencia evidente de las ideas de Howard, pero, en comparación, su nueva misión tenía una escala colosal. Las numerosas Siedlungen (colonias residenciales) que él y au colaboradores proyectaron para Frankfurt en los cinco años siguientes se basaban sólo vagamente en los principios de la ciudad jardín, aunque se prestaba mucha antención al entrono natural, a la creación de espacios vivideros higiénicos, y a la proximidad al lugar de trabajo. Igualmente importante era el compromiso con la pruducción industrial en serie de proyectos residenciales con un fundamento racional. May y sus colaboradores acometieron las más esmeradas investigaciones sobre la logística del uso y la producción a todas las escalas, desde los espacios extriores hasta las viviendas individuales y los accesorios más pequeños. De aquí surgió por ejemplo, la famosa “cocina de Frankfurt” diseñada por Grete Schutte-Lihotzky. Al parecer, este espíritu de análisis entusiasmó a los arquitectos modernos comprometidos de otras partes de Europa, que entendían que se trataba de una prueba de que la tecnología se estaba apartando de los voracer propósitos de la economía liberal para aproximarse a un objetivo socialmente responsable. Por otro lado, sos oponentes se dieron prisa en parodiar la invasión “inhumana” y “científica” del hogar.
En cuanto a trazado y aspecto, las Siedlungen estaban también muy alejadas de las cass familiares aisladas de la ciudad jardín, con sus cubiertas inclinadas y sus alusiones rústicas. Un trazado característico era el de un bloque largo y bajo de entre tres y cinco alturas con accesos y escaleras entre los pisos pareados situados en cada planta. Esto llevaba a una repetición casi monótona de módulos y elementos contructivos estandarizados, que los arquitectos intentaban humanizar mediante una razonable atención a las proporciones, la escala, la luz, la sombra y el detalle. Los presupuestos ajustados no permitían veleidades, pero el ascetismo se tornaba una buena costumbre como expresión de la discipllina cooperativa y el rigor moral. Las superficies planas, blancas o de colores se animaban en todo caso gracias al juego de sombras de los árboles y la yuxtaposición de las praderas y le vegetación.
De este modo las ideas de la ciudad jardín y las formas abstractas de la nueva arquitectura se unían en una imaginería convincente con la que se pretendía presentar los valores del socialismo ilustrado. Resumiendo, parecía como si las aspiraciones utópicas de la vanguardia y las realidades sociales de la época llevasen el mismo compás: los conjuntos de viviendas de Römerstadt, Bruchfeldstrasse y Praunheim se publicaron mucho y fueron defendidos con entusiasmo por los paladines de la izquierda como ejemplos de lo que podía conseguirse cuando se permitia a la arquitectura moderna alcanzar su “verdadero” destino: no la exaltación de la elegante bohemia de la clase media sino la emancipación de la clase obrera de su servidumbre., la mejora de las condiciones ambientales en un frente amplio, y la armonización de la mecanización y la naturaleza. Sin embargo, el encanto no tardó en romperse a finales de la década cuando los aumentos en el coste de los materiales llevaron a un rápido descenso de la calidad, cuando quedó claro (como ocurrió en Rusia) que la imaginería en absoluto era necesariamente bien acogida ni comprendida por la población, y cuando las fuerzas reaccionarias atacaron violentamente la nueva arquitectura por su supuesta orientación comunista.